Moctezuma y su pueblo eran monstruos inhumanos, y Grocio, Montesquieu y otros que deberían saberlo, afirman que la guerra en favor de la humanidad es un deber;43 y esto a pesar de que el remedio sea diez veces más inhumano que la enfermedad.
No es que los españoles fueran insinceros en sus ofertas de tales excusas; el deber se nos presenta del color de nuestros deseos. Además, venían directamente de las guerras moras; estaban imbuidos de una exaltación religiosa y un sentimiento caballeresco que ponían ante ellos bajo diversas luces el deber hacia su Dios, su rey y sí mismos. Durante siglos se habían visto entrenados para consagrar la vida y las posesiones al avance de los intereses del soberano y de la iglesia.
Muchas de las características más nobles se entrelazaban en la naturaleza de Cortés, y también con admirable claridad en hombres como Juan Velázquez, Sandoval y Puertocarrero. En otros encontramos la dignidad del hidalgo mantenida sin mancha notable, y esto a pesar de la tendencia a la intriga, el desprecio por la verdad y la justicia, y la cesión ante ciertos vicios por parte de los líderes, así como la codicia y la brutalidad de la tropa raso.
Pero incluso entre los soldados rasos, haciendo justicia no podemos pasar por alto el eco de un noble sentimiento, la aspiración hacia empresas elevadas presente allí. Es el líder, sin embargo, quien con todas sus crueldades egoístas y sus maquinaciones sin principios debe seguir siendo siempre la figura central de nuestra admiración. Si alguna vez hubo un héroe, un genio de la guerra digno de la adoración de los devotos de Marte, si alguna vez hubo una concepción y una hazaña grandiosas, todo ello se manifestó vívidamente en la mente y en la persona de Hernán Cortés.