En respuesta a sus preguntas acerca de los cristianos cautivos, se le informó a Cortés que, a dos días de viaje hacia el interior de Yucatán, unos mercaderes de Cozumel habían visto a hombres con barba no hacía mucho tiempo; por lo cual se despacharon dos naves hacia Catoche bajo el mando de Ordaz, quien debía aguardar allí, durante una semana, el regreso de tres mensajeros indios, enviados con regalos para rescatar a los cautivos y portadores de una carta que les indicaba dónde encontrar a sus compatriotas.12
Mientras aguardaba los acontecimientos, Cortés desembarcó los caballos para explorar y aprovisionarse, y empleó a los hombres, que por lo demás estaban sin ocupación, en ejercicios militares.
Los isleños estaban sumamente entretenidos y creían que los animales eran ciervos gigantes y las naves, casas flotantes. A cambio, dieron a los extranjeros motivo de asombro no exento de ira; pues esta era una isla sagrada, en un sentido pagano, y hasta allí, desde lejanas regiones, acudían peregrinos con ofrendas para altares sanguinarios.
Y cuando en un día festivo los sacerdotes de Baal, dentro de su templo, se levantaron ante el pueblo y clamaron a los dioses de sus padres, los exaltados españoles no pudieron contenerse; Cortés se adelantó y predicó su religión a los indignados salvajes, pero al no lograr el efecto deseado, los españoles se abalanzaron sobre los ídolos, los derribaron de sus asientos y plantaron en su lugar el emblema de su fe.13
A su debido tiempo regresó Ordaz sin los cristianos perdidos, para gran desilusión de Cortés, quien los deseaba particularmente como intérpretes. La flota zarpó entonces, pero se vio obligada a regresar debido al estado de la nave de Escalante, que hacía agua. Mientras se ocupaban de las reparaciones un día, estando los españoles acampados en la orilla, se vio una canoa que se acercaba al puerto desde tierra firme. Andrés de Tapia y otros se apresuraron hacia el