orden fue vana, pues sus espadas y cortas lanzas españolas de nada sirvieron contra la línea de erizadas puntas de cobre en las largas picas del bando atacante, y paso a paso fueron empujados hacia el interior del edificio. No se menciona qué hicieron con sus armas de fuego o ballestas.
Mientras tanto, Cortés hacía una valiente labor abajo.
Un grupo se enfrente a la caballería, desmontando con la pica —arma de eficacia infalible— a cuantos habían logrado alcanzar la silla, y cortando las cinchas. Otro grupo centró su atención en los refuerzos que acudían presurosos desde los barrios adyacentes al escenario de los combates y, aprovechando la confusión y la oscuridad, apenas interrumpida a intervalos irregulares por la luna, sus serenos adversarios desarmaron con facilidad a la gran mayoría, de modo que solo una pequeña proporción logró abrirse paso a través de las líneas sitiadoras.51
Mientras estaban así ocupados, escucharon un grito desde arriba: «¡Victoria! ¡Victoria para Cortés! ¡Narváez ha muerto!».52 Cortés hizo inmediatamente que el resto de sus hombres repitieran el grito, lo cual aumentó la confusión del enemigo.