Y así se ven obligados a someterse al más fuerte, quien por el derecho de la fuerza procede a robarles el oro y a desolar sus hogares; y ahora asume la prerrogativa superior de exigirles que renuncien a la fe de sus padres y abracen la religión de sus enemigos. A Dios le agradaría que este pueblo de Cempoala le adorase; Cortés puede obligarles a hacerlo. Es verdad que aman a sus dioses tanto como Cortés ama al suyo. Sus dioses asimismo les ayudan a conseguir cosas buenas, entre otras a los españoles mismos, quienes a cambio ahora determinan su derrocamiento. ¡Y van a consentir! Ay, ¡ellos son débiles, y sus dioses son débiles!
El paganismo, con su idolatría, sus sacrificios sangrientos y su canibalismo, es horrible, se lo concedo.
«Pues cada día sacrificaban tres o cuatro indios», dice Bernal Díaz, «ofreciendo el corazón a los ídolos, untando la sangre por las paredes y cortando las piernas para comérselas. Incluso creo que vendían la carne en el mercado».13
Pero igualmente horribles, y mucho más injustos, son los actos de la raza superior, que con el avance de los siglos, y el aumento del conocimiento y el refinamiento, a menudo son culpable de acciones tan sanguinarias y crueles como estas.
Con la ayuda de los más potentes auxilios microscópicos para la visión, no logro ver diferencia alguna entre la bondad y la maldad innatas de los hombres de hoy y las de hace dos o cinco mil años; la diferencia radica meramente en un cambio en las modas de la moralidad, y en el aparente refinamiento y revestimiento de lo que convencionalmente elegimos llamar maldad.
¿Qué es el servicio de platos delicados a los dioses en forma de sacrificios humanos, de descuartizar ante ellos a unos cuantos millares de cautivos