Era bastante natural que se sintieran felices y orgullosos; sin duda los invasores les habían traído suficiente miseria como para justificar cualquier represalia. Pero que no olvidaran que aún quedaban hombres fuertes, ahora empujados a la desesperación. Y justo más allá del borde montañoso, hacia el cual apuntaba su sagrado estandarte de la cruz, se encontraba una tierra prometida, «la tierra del pan» y, según esperaban, de amigos leales.
Cortés no esperó a que se acercaran demasiado para lanzar una carga. Con la cabeza y el brazo vendados, encabezó a la caballería que, en grupos de cinco, arremetía contra el enemigo, lanceando directo a la cara y abriendo paso a la infantería, la cual avanzaba a paso rápido, dando estocadas con espada y pica tal como se les había ordenado.37
Esta táctica desconcertó un poco a los naturales, quienes, descartando sus armas arrojadizas, las primeras filas se aferraron a lanzas, espadas de dos manos y pesados garrotes, animándose mutuamente al gritar los nombres de sus pueblos y regiones. Tras romper las líneas, los jinetes giraron para abrir otro camino en dirección a la infantería, empujando a los indios en una presión desordenada los unos contra los otros, y manteniéndolos en un estado de zozobra sobre dónde caería la siguiente avalancha montada. De nuevo giraron los jinetes, corriendo raudos junto a los flancos de las tropas, dispersando con confusión a los atacantes intermedios y convirtiéndolos en presa fácil para los soldados de a pie.
Veloz como el viento voló el valiente Sandoval, gritando a sus compañeros: «¡Hoy ganamos, señores! ¡Hoy ganamos, Dios mediante!». María de Estrada también estaba allí, animando a los hombres y compartiendo el peligro con los más valientes de la vanguardia.
Ciertamente les habría parecido a personas de menor confianza que los españoles que en este día se había necesitado de alguna fuerza sobrenatural para librarlos.