soportarlo. Se debía al oidor, dijo, el descontento actual y creciente entre sus hombres. Se estaba volviendo peligroso, y se ordenó a los oficiales municipales que lo apresaran y lo llevaran a bordo de la misma embarcación en la que había llegado. Su secretario y su alguacil fueron embarcados en otra, y uno o dos días después se zarpó hacia Cuba, tras haber hecho jurar a los capitanes y tripulaciones que los entregarían a Velázquez.44 Durante el viaje, sin embargo, Ayllón persuadió a sus custodios para que lo llevaran a La Española, a donde llegó en los últimos días de agosto, tras una larga y peligrosa travesía de tres meses y medio. La embarcación acompañante se separó de él durante una tormenta poco después de salir de Ulúa, y el secretario y el alguacil no se reunieron con el oidor hasta octubre. Un informe sobre el ultraje fue enviado sin demora al rey, firmado por toda la audiencia, con la petición de que se infligiera un castigo severo, a fin de mantener el respeto hacia ese augusto tribunal.45
Entre otros que cayeron bajo la ira de Narváez estuvo Gonzalo de Oblanco, cuya defensa de Cortés y condena del arresto de Ayllón le acarrearon prisión, la cual lo afectó tanto que murió a los pocos días.46
Estas medidas duras e insensatas engendraron mayor descontento, y media docena de los partidarios de Ayllón, entre ellos Pedro de Villalobos, se pasaron a las filas de Sandoval, quien los recibió con los brazos abiertos. Otros enviaron recado para manifestar su disposición de unirse a Cortés.47
Tras el arresto de Aillon, se había persuadido a Narváez para que trasladara su campamento a Cempoala, por ser un lugar más saludable, más adecuado como cuartel general y mejor provisto de víveres. El cacique fue intimidado para que entregara algunos efectos pertenecientes a Cortés y para que diera a los recién llegados una acogida que parecía tildar su conducta de traición.