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nydus/History of Mexico, Volume I, 1516-1521Public
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CAPÍTULO XXXI. CAMPAÑAS PRELIMINARES. Marzo-mayo de 1521.

El siguiente campamento se formó en Quauhtitlan, «una gran y hermosa ciudad», como la llama Cortés, que fue hallada desierta.

Desde allí siguieron la ruta que se había tomado tras aquella noche de borrors inesborrables, cuando el enemigo parecía llenar el aire y golpear sus rostros en la oscuridad como las aves del Averno, cortando el paso a los rezagados debilitados por las heridas y el hambre, y sembrando el terror en los corazones de los más valientes.

Ahora avanzaban con fuerza confiada, mas de nuevo el enemigo rondaba, aunque solo a lo distancia, por las seguras laderas de las colinas, mientras de las cumbres se elevaban columnas de humo para proclamar la llegada de los vengadores.

Pasaron por Tenayocan, antaño capital del imperio chichimeca, y ahora célebre únicamente por los inmensos ídolos de serpientes en su templo, por lo que los españoles la llamaron El Pueblo de los Sierpes. Desde allí a Azcapuzalco, la que fuera orgullosa sede de los reyes tepanecas.3

Como en ninguna de estas poblaciones se ofreció resistencia, se libraron del fuego, por lo cual los desilusionados saqueadores se sintieron agraviados. A medida que el ejército se acercaba a Tlacopan, apareció un gran cuerpo opositor, el cual fue reforzado por guerreros de los pueblos de los alrededores y de México. Al ser el terreno llano, la caballería rompió fácilmente sus líneas, y la infantería completó la desbandada, persiguiéndolos hasta el interior de la ciudad. Tras despejar de enemigos la mayor parte de las calles, se instaló el campamento en el palacio.

Apenas quedaban vestigios de los recientes estragos a los que México y sus accesos habían estado expuestos durante la ocupación española, y Cortés vio que no sería tarea fácil sitiar semejante bastión, o serie de bastiones, como bien podían llamarse aquellas moles de edificios, defendidos como estaban por un pueblo tan obstinado como los aztecas, en quienes cualquier triunfo baladí o imaginario parecía borrar el efecto de las derrotas continuas.

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