podría precipitar el cambio. La presencia de los odiados tlaxcaltecas era de por sí una carga, y el desgaste por mantener a los invitados auto invitados no tardaría en hacerse sentir. El tema religioso ya había creado una irritación momentánea, la cual podría enconarse y crecer bajo los estímulos de los sacerdotes, que debían oponerse naturalmente a una interferencia rival.
Emperador y súbditos se veían evidentemente frenados tan solo por el prestigio militar de los españoles, y hasta cierto punto por la creencia en su misión divina; pero también eran conscientes de que, fuera cual fuese la destreza de los visitantes y el poder de sus armas y corceles, eran mortales, pues esto había quedado demostrado muy hace poco con la desafortunada derrota de Escalante y en la campaña de Nautla.
Los soldados de Moctezuma no tenían más que levantar los puentes de las calzadas y cortar la retirada, para luego detener los suministros y reducirlos por inanición.
Es verdad que tenían presente la suerte de Cholula; pero habían ganado experiencia y podían concentrar muchos más guerreros y armas, mientras que los españoles no contarían con aliados en reserva para operar en la retaguardia.
Además, ¿qué importaba la destrucción de una parte, o incluso de toda la ciudad, cuando de ello dependía la seguridad del trono, amenazado por una horda de monstruos crueles y codiciosos!
Cortés había considerado todos estos puntos y conocía la conveniencia de una acción decidida. Había emprendido una empresa en la cual un movimiento audaz debía ser respaldado por otro, y a estos todos los medios debían subordinarse. No había venido desde tan lejos para ponerse en poder de un déspota suspicaz y vacilante, ni para perder el tiempo esperando lo que los acontecimientos pudieran deparar, mientras