Algo de los capitanes de Cortés—Alvarado—Montejo—Ávila—Olid—Sandoval—León—Ordaz—Morla—El pasaje—La flota sorprendida por un chubasco—Llegada a Cozumel—Alvarado censurado—Búsqueda de los cristianos cautivos—Llegada de Aguilar—Sus castas aventuras—Llegan al río de Tabasco—Batallas allí—Conquista de los nativos—Paz concertada—Veinte esclavas entre los presentes—La flota avanza por la costa—Chiste de Puertocarrero—Llegada a San Juan de Ulúa.
Mientras las olas eternas que empujan sus barcos le hablan a Cortés de su destino, hagamos conocimiento de sus capitanes, algunos de los cuales han de desempeñar papeles en el anfiteatro de Anáhuac solo secundarios al suyo propio.
Primero, estuvo el ardiente e impetuoso Pedro de Alvarado, un héroe de la escuela de Aquiles o de Sir Lancelot, fuerte y simétrico como un nacido de diosa; altivo, colérico, a veces leal y generoso; apasionado en sus amores y odios, con la mezcla habitual de libertinaje, lealtad y celo por la iglesia. No tenía ojos para ver, desde el lugar donde se encontraba en la guerra de su época, al mismo tiempo el declive de la barbarie más feroz y el alba de un heroísmo más verdadero y apacible.
Ya hemos descubierto destellos de mal carácter y tendencias a la traición que muestran su carácter bajo una luz demasiado sulfurosa; pero hallaremos en él mucho que admirar como conquistador y gobernador.
Alvarado era de la misma edad que Cortés, siendo Badajoz su lugar de nacimiento. Allí su padre, Diego de Alvarado, comendador de Lobón en la orden de Santiago, y su madre, Sara de Contreras, luchaban contra la pobreza para mantener la reputación de un buen nombre de familia.