Se denunció a Velázquez como un gobernador cruel, deshonesto e incompetente, y por ende sumamente peligroso para encomendarle el control de estos vastos y ricos territorios. Pidieron una investigación para probar las acusaciones, así como la rectitud de sus propios actos; y concluyeron recomendando que Cortés, cuyo carácter y conducta lo catalogaban como un súbdito leal y un líder capaz, fuera confirmado en sus cargos, al menos hasta que se hubiera logrado la conquista del país.23
La tercera carta, aún más larga que esta, aunque de tono similar, iba firmada por los hombres representativos del ejército,24 y concluía rogando que sus servicios y penalidades fueran recompensados con mercedes, y que se confirmara a Cortés en el gobierno hasta que el rey tuviera a bien nombrar a un infante o a un grande de la más alta categoría, pues un país tan grande y rico no debía ser gobernado por nadie más.
Si el intrigante obispo de Búrgos por iniciativa propia «nos envía un gobernador o capitán, antes de obedecerle informaremos a vuestra real persona». Esta frase, que Las Casas califica como una «gran insolencia, aunque endulzada», y varias otras que no concordaban con el propio y calculado informe de Cortés, fueron probablemente la causa de la desaparición de la carta antes de que llegara al emperador.25
Los mensajeros o procuradores salieron del puerto el 16 de julio,26 y aunque se les había ordenado no tocar Cuba, no fuera a ser que Velázquez se enterase de la misión, Montejo no pudo resistir la tentación de echar un vistazo a sus haciendas en Mariel de Cuba, un puerto cercano a La Habana. Aquí entraron el 23 de agosto y tomaron provisiones y agua. Por supuesto, esto no pudo hacerse en secreto y, avivado por los rumores, llegó a oídos de Velázquez el reporte de que su nao capitana había venido lastrada de oro por valor de doscientos setenta mil pesos.