No mucho después, Chicomacatl acudió a Cortés en busca de ayuda contra una guarnición mexica que, según se decía, estaba causando estragos en Tizapantzinco,7 a unas ocho leguas de Cempoala.
Cortés se encontraba de muy buen humor en ese momento; podía ver el importante progreso que estaba logrando hacia la consumación de sus deseos, aunque los hombres de Velázquez no podían hacerlo —o al menos no admitían nada honorable o beneficioso para Cortés—, y seguían causando muchos problemas.
He aquí una oportunidad para poner a prueba la credulidad de estos paganos, hasta dónde se les podía hacer creer en el poder sobrenatural de los españoles. Entre los mosqueteros había un viejo vizcaíno de las guerras de Italia, llamado Heredia, el hombre más feo del ejército, más feo que Tersites, que no halló su igual entre todos los griegos que acudieron a Troya. Cojo de un pie, tuerto de un ojo, zambo, con el rostro tajado, de barba espesa como un león, este mosquetero tenía también el corazón de un león, y habría marchado directo a las fauces del Popocatépetl, sin hacer preguntas, por orden de su general. Llamando al hombre hacia sí, Cortés le dijo: > «Los griegos adoraban la belleza, como bien sabes, buen Heredia, pero estos americanos parecen deificar la fealdad, que en ti alcanza su grado supremo. Eres lo suficientemente espantoso como para aterrorizar y embelesar a los aztecas, cuyo panteón no puede producir tu igual. Ve hacia ellos, Heredia; clava ferozmente en ellos tu único ojo, camina con valentía ante ellos, blande tu espada y truena un poco con tu arcabuz, y de inmediato mandarás sobre cien sacrificios». Luego, dirigiéndose al jefe