Cortés probablemente no tenía ninguna duda acerca de la culpabilidad de las personas nombradas en la lista, pero el enjuiciamiento de tantos hombres notables tal vez no fuera prudente, y solo ensancharía la brecha entre él y los malcontentos y les granjearía simpatías. Al día siguiente de la ejecución, el general convocó una reunión.
Muchas fueron las conciencias que punzaron a sus dueños hasta hacerlos temblar en aquella ocasión. Pero el sagrado Cortés prefería que los traidores arriesgaran el cuello conquistándole México, antes que romperlo él mismo con una soga.
Napoleón, que en las guerras nacionales podía abrir con su espada las venas del pueblo hasta hacer brotar torrentes de sangre, se estremecía de horror ante la sangre derramada en discordias civiles. Para Cortés, en cambio, era una cuestión de táctica.
Así pues, tras concluir el relato de la conspiración, les informó con total frialdad que Villafañe se había negado a revelar sus cómplices y que, por tanto, no podía nombrar a los culpables. Sin duda había entre ellos hombres con agravios reales o imaginarios que podrían haberlos llevado a albergar resentimiento; pero que expusieran con franqueza sus quejas y él procuraría enmendarlas. Si se había equivocado, que se señalara el error. El desenlace del asunto produjo una satisfacción general.
Agradecidos por haber escapado, los culpables buscaron, tanto de palabra como de obra, probar su devoción, y aunque Cortés los vigilaba de cerca, no hubo indicios de que sospechara de ninguno. Más bien procuró ganárselos de nuevo con favores.50
Tan impresionados quedaron sus allegados por el peligro al que había estado expuesta una vida tan valiosa, que insistieron en que aceptara una guardia personal de doce hombres selectos, bajo el mando de Antonio de Quiñones, un hidalgo de Zamora,51 quien lo custodiaba día y noche.