en nombre de Dios, y tened más cuidado si queréis escapar del castigo». Igualmente sereno en la discusión, ejercía sus poderes de persuasión con el mayor provecho. Río de Avenida fue en una época su apodo, y más tarde le dio por el pelo largo y los pleitos. En la mesa de juego, a la que era muy aficionado, ganaba o perdía con la misma sangre fría, siempre listo con una agudeza para suavizar el curso cambiante de la fortuna. Aunque no dudaba, como alegre Don Juan, en invadir la familia ajena, de forma de todo punto irrazonable era muy celoso de que la suya pudiera ser invadida. Si bien era generoso con amigos o amantes, y estaba dispuesto a sacrificar casi cualquier cosa para lograr un objetivo, no siempre sus hombres lo consideraban demasiado generoso, si bien muchos de ellos pertenecían a esa clase a la que nada satisface. Aunque era un buen comensal, bebía
y se confinó a una dieta sencilla. Esta moderación también se extendía al vestido, el cual, antes de su elevación, no solo era pulcro, sino de buen gusto en su rica sencillez, adornado con pocas pero selectas joyas y con poca variedad.
El amor por la pompa, sin embargo, se desarrolló con su fortuna creciente, más particularmente en lo que respecta a residencias ostentosas y un numeroso séquito, lo cual concordaba bien con los modales cortesanos propios del español que ostentaba sangre noble. Cervantes dice que en el ejército hasta los avaros se vuelven pródigos.
Cortés encontró el modo de comprometer en su causa no solo a sí mismo, sino a otros, en ciertos aspectos tan capaces como él. Su generosidad y su entusiasmo se contagiaron, atrayendo la inscripción de voluntarios adinerados, que no solo equiparon sus propias personas, sino que ayudaron a proveer las de otros.8 En poco tiempo se unieron más de trescientos hombres, entre ellos algunos de alta posición en el servicio y la confianza del gobernador —como