desobedecer sus órdenes,19 y ofreció la mejor reparación a su alcance al humillarse personalmente ante el caudillo que le había arrancado la corona de la frente. Se aproximó a Cortés con el acostumbrado saludo reverente, mientras sus asistentes balanceaban el incensario de copal, y anunció que venía en nombre de su padre y de los demás señores a pedir su amistad y a ofrecer su sumisión al más poderoso de los hombres, tan clemente y a la vez tan valeroso. Al aceptar un asiento al lado de Cortés, entró en explicaciones y asumió francamente la culpa por la resistencia opuesta, pero alegó el amor de los tlaxcaltecas por la libertad, amenazada, según creían, por un aliado de Moctezuma, pues ¿no había acaso aliados mexicanos en la comitiva española? ¿Y no había intercambiado el monarca azteca un trato amistoso con ellos? Aunque encantado con los modales del caudillo, y en particular con el objeto de su visita, Cortés creyó necesario administrar una leve reprimenda por la terca negativa a sus ofertas amistosas; sin embargo, puesto que su gente ya había sufrido bastante por ello, los perdonó generosamente en nombre de su rey y los recibió como vasallos.20 Esperaba que la paz fuera duradera; de no ser así, se vería obligado a destruir la capital y a masacrar a los habitantes. Xicoténcatl le aseguró que en adelante los tlaxcaltecas serían tan fieles como hasta entonces habían sido hostiles. Como prueba de su sinceridad, los jefes permanecerían con él como rehenes. Le suplicó a Cortés que fuera a la ciudad, donde los señores y nobles lo aguardaban, y lamentó no poder ofrecer un presente digno de su aceptación, pero eran pobres en tesoros, incluso en telas y sal, y lo que antaño poseían había sido entregado a los mexicanos.21
El padre Díaz celebró misa para conmemorar la paz alcanzada, y en honor a la ocasión Tecohuatzinco recibió el nombre de Victoria.22