Diez días pasaron antes de que Teuhtlile regresara, sin el enviado,26 pero seguido por una fila de esclavos que llevaban, entre otras cosas, como regalo para el rey español, diez cargas de ricas plumas y mantas, algunas figuras de oro tasadas en tres pesos mil, y cuatro piedras chalchiuite, de las cuales se declaraba que cada una valía una carga de oro, pero que no tenían valor para los europeos.
Teuhtlile declaró entonces que los nuevos mensajes para el emperador eran inútiles, ya que no se podía conceder la entrevista deseada. Esperaba que los españoles se contentaran con los suministros prometidos y se marcharan en paz.
Volviéndose hacia sus compañeros, Cortés dijo: “En verdad que este debe de ser un gran señor, y rico; y, si Dios quiere, algún día lo visitaremos”. En ese momento sonó la campana del Ave María, y al instante, con la cabeza descubierta, los soldados estaban arrodillados alrededor de la cruz.
Los sacerdotes, siempre dispuestos a predicar su fe donde se presentara la oportunidad, no tardaron en ponerse a la obra. Sus palabras, sin embargo, causaron una mala impresión en el gobernador, al igual que la respuesta evasiva de Cortés a su mensaje.
Se despidió fríamente, y a la mañana siguiente los españoles se despertaron para descubrir que el campamento indígena estaba desierto, e incluso se habían llevado las provisiones. Se tomaron entonces precauciones contra un probable ataque, enviando a bordo las vituallas y todos los objetos pesados, para dejar el embarque fácil en cualquier momento.