deliberación del consejo sobre la propuesta mexicana, el joven caudillo fue más allá de las timidas sugerencias de quienes se inclinaban hacia una alianza azteca, y la defendió abiertamente como la única salvación para Tlascala.
Habló a continuación el sabio Maxixcatzin, el principal representante de la república. En su naturaleza caballeresca, la devoción hacia los españoles ejercía una gran influencia, al tiempo que, como gobernante del distrito más rico en agricultura y comercio, también tenía en cuenta los beneficios que reportaría una alianza con ellos. Recordó los muchos casos de traición y falta de buena fe por parte de los mexicanos para demostrar cuán poco se podía confiar en sus promesas. Era meramente la presencia de los españoles lo que impulsaba su oferta de alianza, la cual pretendía devolver a México su anterior fuerza intimidatoria. Una vez logrado esto, el antiguo enemigo no dejaría de recordar que Tlaxcala, además de la enemistad de larga data, había sido uno de los principales instrumentos de su reciente sufrimiento y humillación, y se había erigido en conquistador y amo sobre ellos. No perderían el tiempo en vengarse y, mediante la destrucción de la república, eliminarían para siempre a un enemigo tan peligroso. Mucho mejor era, por tanto, mantener la amistad de los españoles, cuya buena fe había sido probada y cuya destreza no se había quebrantado por una derrota. Antes de su llegada, habían estado padeciendo la falta incluso de lo más necesario, y habían estado expuestos a constantes estragos y guerras que amenazaban su propia existencia. Con la ayuda de los españoles se habían visto libres de esa necesidad y peligro; se habían enriquecido con el comercio y el botín, y habían elevado la república a la posición más prominente que jamás había ocupado, todo ello muy por encima de lo que los mexicanos permitirían jamás.