cuanto al resto, aunque entre ellos había algunos igualmente culpables, se les trató con tan fingida cortesía y prudencia que o bien se neutralizó su peligro o se les convirtió en amigos. > «¡Dichoso el hombre que no sabe escribir, si eso lo libra de asuntos como este!», exclamó el comandante al estampar su firma en las sentencias de muerte. Pues, a pesar de su resolución inexorable, estaba turbado y no quiso ver morir a sus compañeros, aunque ellos lo habrían sacrificado a él. En la mañana del día de la ejecución partió a toda velocidad hacia Cempoala, tras ordenar a dos soldados —nota: doscientos soldados— que lo siguieran con los caballos y se unieran a una fuerza similar que había partido tres días antes bajo el mando de Alvarado.3
El cerebro de Cortés era un torbellino durante aquella cabalgata. Era algo horrible aquello de colgar españoles, cortarles los pies y azotarlos. Visto desde una perspectiva, no era más que una simple medida de disciplina militar; desde otro punto de vista, era el acto de un fuera de la ley. La mayor parte del pequeño ejército estaba con el comandante; hasta tal punto los hombres creían en él, que en su valor y su prudencia aventuraren sus vidas. Para la mayoría de los hombres, las creencias no son sino prejuicios, y las opiniones, meros gustos. Estos españoles no sólo creían en su general, sino que mantenían una creencia impetuosa en sí mismos. No sólo podían hacer cualquier cosa que alguien más hubiera hecho o pudiera hacer, sino que podían dominar lo sobrenatural y luchar con o contra fantasmas y demonios. Eran un ejército en sí mismos; además de lo cual las huestes de Jehová estaban de su parte. Y Cortés medía a sus hombres y sus capacidades, no como Jerjes midió a su ejército, llenando sucesivamente un corral capaz de contener exactamente diez mil; los medía más bien por su ambición, que era tan