parecían tan solo batallones de guerreros salvajes, al acecho entre los bosquecillos y cenadores en busca de víctimas que honrasen la piedra del sacrificio y la mesa del banquete; y las imponentes ciudades se anto- jaban fortalezas inexpugnables, que solo prometían conver- tirse en sus prisiones y tumbas. Tan fuerte creció el murmullo que amenazaba con amotinamiento; pero Cortés, con sus habituales palabras firmes, calmó a los soldados, respaldado como estaba por la mayoría enérgica.24
Después de descender un corto trecho, llegaron a la estación de viajeros de Quauhtechcatl,25 cuyos cómodos edificios ofrecían espacio para todo el ejército.
Los mexicas se habían preparado para la llegada proporcionando una abundancia de provisiones, con hogueras en todas las habitaciones, y los cansados soldados se entregaron con entusiasmo al reposo.26 No menos agotado que ellos, Cortés, sin embargo, no pudo pensar en el descanso hasta haber velado por la seguridad del campamento. Su prudencia en esta ocasión estuvo a punto de costarle caro, pues en la oscuridad un centinela, tomándolo por un espía, tensó su ballesta. Afortunadamente, él oyó el chasquido y se dio a conocer.27 Esta prontitud por parte del guardia no fue en absoluto innecesaria; durante la noche, una docena o más de nativos merodeadores corrieron la suerte de la que el general había escapado por tan poco. Se supuso que eran los espías de un ejército oculto en el bosque, el cual, al observar la vigilancia de los españoles, abandonó el ataque premeditado.28
Los temores de Moctezuma parecían crecer con la aproximación de Cortés, y también su ansiedad por el significado del mensaje que debía entregársele a él solo. ¿Podría haber un complot contra su persona? Esto debía averiguarse antes de que los invasores se acercaran demasiado. Entre sus cortesanos había un noble llamado Tzihuacpopoca, que se le parecía mucho en persona y en voz. A él le ordenó marchar al