Los mexicanos no habían comprendido del todo el sentido de la demora y las maniobras preliminares de Cortés. Cuando se dieron cuenta de que se habían establecido dos campamentos, que el acueducto había sido destruido y que se llevaban a cabo fervientes preparativos para el asedio, se abrieron sus ojos; pero entonces estaban demasiado perplejos para actuar con rapidez y precisión. Las crónicas relatan que Quauhtemotzin celebró un gran consejo para considerar la situación y tantear el espíritu del pueblo en pro de la paz o de la guerra, de modo que no hubiera vacilación cuando llegara la necesidad. En verdad, varios de los señores ancianos y más prudentes, en particular de la facción de Montezuma, hablaron de la formidable maquinaria y fuerza de los españoles, y de su hueste de aliados, y expresaron temores de fracasar. Con la ocupación de todo el territorio circundante y la afluencia de gente de fuera, el suministro de alimentos podría escasear, y sobrevenir el hambre y la enfermedad. Pero los jóvenes y los guerreros, como era de esperarse, no querían escuchar a ningún consejero cuyas palabras implicaran cobardía; estaban entusiasmados con la resistencia y formaban un partido demasiado numeroso como para permitir que se abrigaran propuestas de paz. Quauhtemotzin se abstuvo prudentemente de comprometerse,16 pero recordó a la asamblea que, ante todo, debían escucharse los oráculos de sus dioses y de sus heroicos antepasados en un asunto tan importante como la conservación de los hogares y los sagrados templos encomendados a su cuidado. Sabía bien qué respuesta darían los sacerdotes, cuyas posesiones, riqueza y honores dependían de la exclusión
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CAPÍTULO XXXII. SITIO DE MÉXICO. Mayo-junio de 1521.
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