había mantenido, resurgiendo siempre de las cenizas con renovado vigor y fresco esplendor, y era en ese momento el centro comercial de la gran meseta de Huitzilapan, famosa además por su alfarería y sus delicados tejidos. Los belicosos tlaxcaltecas se referían a ella con desprecio como una ciudad de astutos y afeminados comerciantes, y sin duda había bastante de verdad en ello; pero entonces sus comerciantes rivalizaban con los de México en riqueza, mientras que sus ciudadanos no iban a la zaga de los moradores del lago en refinamiento.
Pero la principal fama de Cholula consistía en ser la ciudad santa de Anáhuac, sin igual por la frecuencia y la pompa de sus festivales y su suntuosidad sagrada; en ser el centro religioso de innumerables peregrinos que viajaban desde lejos para adorar en los santuarios aquí mantenidos, no solo por los ciudadanos, sino por príncipes de diferentes países.
Se calculaba que sus templos igualaban el número de días del año, y como algunos poseían más de una capilla, se alzaban nada menos que cuatro centenas de torres para desconcertar la vista con su brillante ornamentación.
El principal de ellos era el templo semiesférico, con su fuego vestal, dedicado a Quetzalcoatl, que se levantaba sobre un montículo cuadrilátero de casi doscientos pies de altura, al que se ascendía por ciento veinte peldaños, y con una base mayor que la de cualquier pirámide del viejo mundo.5
El gobierno era aristocrático-republicano, dirigido por un consejo de seis nobles, elegidos en los seis barrios. A su cabeza se sentaban dos magistrados supremos, el tlachiach y el aquiach, elegidos respectivamente del sacerdocio y la nobleza, y que correspondían al pontífice y al capitán general,6 cargo este último ocupado en ese momento por Tecuanhuehuetzin.7