servidores del rey, dijo, y de no ser por la condición de clérigo de Guevara, lo mandaría a castigar por su insolencia. Tal como estaban las cosas, lo remitió a Cortés como capitán general y justicia mayor de la Nueva España. Guevara también se caldeó,34 y siguió una guerra de palabras, que el comandante cortó en seco ordenando a unos indios que metieran a los tres principales en hamacas de red. En ellas fueron llevados a México, bajo guardia española, para ser entregados al general.35
Cuando Moctezuma recibió por primera vez noticias del gobernador de la costa sobre la llegada de la gran flota, supuso que eran las embarcaciones que Cortés había dicho que esperaba y con las cuales se confiaba que partiría. Moctezuma mandó a llamar a Cortés de inmediato para comunicarle la noticia.36 El general español no se sorprendió poco ante esta segunda e inusual citación, y aún menos cuando le dijeron que sus naves habían llegado y que ya no era necesario construir otras nuevas. Mientras aún trataba de descifrar el significado de las palabras, el emperador presentó el mensaje pintado que mostraba una flota fondeada frente a Chalchiuhcuecan.
“Ya podéis marcharos a salvo, y todo irá bien”, continuó el monarca, desbordado de alegría ante la perspectiva de verse libre.37
“¡Dalas a Dios, que provee todas las cosas!”, fue la ferviente exclamación del general, mientras los soldados lanzaban gritos de júbilo mezclados con salvas de armas de fuego. “Sin duda”, decían, “Puertocarrero y Montejo han regresado a su tiempo”. Un análisis más detenido del asunto, sin embargo, convenció a Cortés de que aquellos no eran los barcos de sus amigos, sino que pertenecían a su archienemigo de Cuba. Sus capitanes pensaron lo mismo y hablaron con efecto calculado a los hombres sobre la gran injusticia que se cometería con ellos si los mercenarios de Velázquez se presentaban a cosechar los frutos de sus privaciones.