«De haberse demorado tres horas más, ninguno de nosotros se habría salvado», escribe Cortés. Al fracasar en su desesperado sacrificio por atrapar a los invasores en las casas inundadas, para quedar allí prisioneros toda la noche por las aguas torrenciales, el enemigo se presentó al amanecer en canoas, lanzando proyectiles y atacando los flancos de los invasores. Los españoles solo pudieron responder con espada y lanza, pues la pólvora estaba mojada, y dado que no se podía hacer nada más bajo las circunstancias, continuaron la retirada hacia Tezcuco. Cayó un buen número de aliados, e incluso los soldados, que no habían sufrido bajas en la toma de Iztapalapan, perdieron ahora a uno de los
A pesar de la pérdida del botín y de la humillante retirada, la expedición había tenido éxito en su objetivo principal: infligir una severa lección al enemigo asolando una de las ciudades más hermosas del valle, en el umbral mismo de la capital. El efecto se dejó notar en la llegada, al día siguiente del regreso a Tezcuco, de mensajeros de Otumba y de varias poblaciones adyacentes36, dispuestos a renovar penitentes su lealtad, la cual no volvieron a quebrantar jamás.
Un buen número de otras poblaciones y dominios siguieron el ejemplo, notablemente Chalco, un distrito grande y fértil que se extiende en torno al lago de Chalco y hacia el sureste. Había caído desde el rango de reino independiente al de provincia tributaria de los aztecas. La severidad de sus verdugos mantenía siempre viva la llama de la revuelta bajo las cenizas, y el pueblo suspiraba profundamente por su liberación. Debido a la proximidad de los mexicas y a la presencia de sus indisciplinadas guarniciones, ellos, al igual que muchos otros, no se habian atrevido antes a sacudirse el yugo, pero con la llegada de los españoles cobraron ánimos y fueron enviados dos emisarios para implorar protección.37