Temprano en Viernes Santo desembarcó Cortés, plantó cañones sobre el cerrillo y comenzó la construcción de un campamento fortificado, que constaba de casas, chozas y cobertizos, en cuyo centro, en lo alto, se colocó una gran cruz.
Informado de esto, el cacique envió hombres para acarrear madera, encalar las paredes y levantar toldos. También se proveyó comida, y se obsequió a Cortés con plumería y oro, junto con la noticia de que el gobernador lo visitaría en breve.
Mientras tanto, los nativos acudieron en masa a comerciar, de modo que el sábado el lugar presentaba el aspecto de una feria más que el campamento de un ejército invasor.
El Domingo de Pascua, mientras se hacían los preparativos para la misa, llegó Cuitlalpitoc con su jefe, Teuhtlile, gobernador de la provincia, cuya residencia estaba en Cuetlachtlan, a ocho leguas de distancia.8 Los acompañaba un gran séquito de nobles y esclavos9 que portaban regalos. Cortés, con una escolta, se adelantó a recibirlos y, tras un intercambio de cortesías, los guió hacia el altar, revestido con telas de algodón nativo, donde el padre Olmedo celebró la misa,10 auxiliado por el padre Juan Díaz, Aguilar y un coro entrenado.
Terminado el servicio, Cortés invitó a cenar a los jefes y allí les informó que era capitán del monarca más grande sobre el que brillaba el sol, Carlos V de España, quien, habiendo oído de la fama de Moctezuma, le había enviado regalos y un mensaje, el cual debía ser entregado en persona de inmediato.11
¡Qué fácil es el camino para quien lo conoce! Si Cortés tan solo hubiera pronunciado la sencilla palabra: "Soy Quetzalcóatl, venido a reanudar mi mandato", posiblemente en algún momento habría cabalgado entre hosannas hacia la capital y se habría sentado sin resistencia en el trono de Moctezuma.