Velázquez no se habría aventurado por sí mismo en este mar de altas hazañas, ni aunque Eolo con un cordón de plata hubiera atado los vientos en una piel de buey, como hizo por Ulises. Y ahora desde este momento en adelante, y de hecho desde el instante en que el desenfrenado extremeño se embarcó desafiándolo, el fuego sulfúreo del odio y la venganza ardió constante en el pecho del viejo.
Jamás la villanía fue tan grande que, si se unía a una posición encumbrada o al talento, no pudiera hallar partidarios; pues la mayoría de los hombres son canallas en su interior de un modo u otro.
La hermosa pareja, Velázquez el gobernador y Cortés el aventurero —tan bien enfrentados que la diferencia entre ellos consiste principalmente en contraponer la posición del uno a la fuerza innata del otro, los modales y la pusilanimidad del uno a la hidalguía desafiante del destino del otro—, tenía cada uno sus agentes activos no solo en España, sino en América, encontrándose algunos de los de Velázquez en el propio campamento de Cortés.
Desde la concesión real de poderes superiores a Velázquez, esta facción ha levantado cabeza. Y ahora su cerebro trabaja.
Apenas habían salido del puerto los mensajeros con destino a España, cuando estos malcontentos traman una conjura, esta vez no con el único deseo de regresar a una vida más cómoda y segura, sino con el propósito de avisar a Velázquez del barco del tesoro que se halla tan cerca. Entre ellos se encuentran el sacerdote Juan Díaz; Juan Escudero, el alguacil de Baracoa, que engañó y entregó a Cortés en manos de las autoridades; los pilotos Diego Cermeño y Gonzalo de Umbría; Bernardino de Coria y Alonso Peñate, además de varios hombres principales que tan solo secundaban la conspiración.1