Cortés fue más un Antonio que un César, ni careció de aquel gran don de Antonio, la subordinación, como hemos visto. No estaba tan enamorado de sí mismo, ni se temía tanto a sí mismo como César; poseía percepciones y sentimientos más refinados, y con consumada versatilidad podía prescindir de sí mismo en sus planes según lo requiriera la ocasión. Tampoco carecía Cortés de imaginación y sentido estético, aunque de un tipo más basto y sensual; pero no es en los grandes hombres donde debemos buscar las armonías grandiosas de la naturaleza.
Se había llegado ahora a un punto de inflexión en la campaña. Los bergantines estaban terminados y el asedio podía comenzar. El día de la entrada de las embarcaciones en el lago fue un día de gala, inaugurado con la comunión y festivo por la concurrencia de espectadores ataviados con alegría.1
Tras la oración y un sermón, se izaron en cada nave las banderas con el nombre y las armas reales,2 entre salvas y aclamaciones, y rotas las compuertas, la gallarda flota descendió por el canal hacia el apacible lago.