ejemplo, Francisco de Morla, su chambelán; Martín Ramos de Láres, un vasco; Pedro Escudero, Juan Ruano, Escobar y Diego de Ordaz, mayordomo de Velázquez e instruido por este para vigilar los acontecimientos e informar en secreto.
El puerto de Santiago ofrecía por entonces un espectáculo ajetreado. Allí se veían el ir y venir apresurado de jornaleros y reclutas, el repiqueteo de los martillos de los carpinteros en los barcos en reparación, el acopio de mercancías y la carga de los buques. Todos los días el desembarcadero se animaba con la presencia del gobernador, a menudo del brazo de su capitán general más sumiso y complaciente, rodeado de servidores ataviados con suntuosidad y seguido por medio pueblo.
En una de estas visitas de inspección, mientras departían amigablemente acerca de la marcha de los asuntos, el bufón del Gobernador, Francisquillo, que se hallaba presente, como de costumbre, haciendo sus gracias ante su amo, exclamó: «¡Ah, amigo Diego!». Luego, dirigiéndose a Cortés: «¿Y cómo va nuestro valiente capitán, el de Medellín