botín—Los españoles se disputan el oro—Incontenible celo religioso—Toma del templo—Ira de los
Con la mano tan firmemente puesta en el resorte que movía un poderoso imperio, no es de extrañar que estos aventureros españoles se volvieran algo insolentes hacia las personas a las que tanto injuriaban. Los mexicas no tardaron en notar esto, y hubo quienes entre ellos, y otros además de ellos, comenzaron a pensar en tomar cartas en el asunto, en destruir a los invasores y liberar al emperador.
La aparición ocasional de Moctezuma en público, y la afirmación de que permanecía con los españoles por su propia voluntad y porque los dioses así lo deseaban, habían satisfecho por un tiempo a los nobles; pero los duros hierros en sus extremidades y la cruel quema de patriotas les habían abierto un tanto los ojos a la verdadera situación. Nadie sabía cuándo le tocaría su turno.
La vida era bastante insegura al estar sujeta al capricho de su propio soberano, pero los oscuros e inciertos caminos de aquellos emisarios del mal resultaban inescrutables. Estas cosas se pensaban y se comentaban en las altas esferas. Las aversiones raciales y los sistemas políticos de la triple alianza hicieron que se formara más de un bando, cada uno con aspiraciones que los demás no podían albergar.
El líder más prominente en ese momento era Cacama, quien al principio había favorecido a los forasteros en su calidad de enviados. Y ahora comenzó a esforzarse por encauzar el movimiento de la nobleza azteca, pero los celos hacia la influencia de Acolhua afloraron por encima de todo, y sus esfuerzos tendieron únicamente a crear una reacción favorable a acatar la voluntad del emperador.