debían ser invitados francamente a la ciudad, para allí ser intimidados con la grandeza del monarca. Otros favorecieron este curso, pero con la idea de tender trampas a los extranjeros. El temor de que fueran advertidos y auxiliados por Ixtlilxochitl, el hermano rebelde de Cacama, hizo que Moctezuma se inclinara por el consejo de Cuitlahuatzin; y seis señores prominentes, encabezados por Atempanecatl,15 fueron enviados en consecuencia al campamento español para felicitar al caudillo blanco por sus victorias y ofrecer tributo anual en oro, plata, joyas, telas —de hecho, para hacer casi cualquier cosa que su rey pudiera desear—, con la condición de que no avanzara hacia México. Los embajadores se presentaban ante Cortés seguidos por dos azafates de servidores, y tras depositar ante él un presente de veinte pacas de telas bordadas y plumas, y cerca de mil castellanos en polvo de oro, entregaron su mensaje.16 Explicaron que su monarca lo vería con gusto en México, pero temía exponer a los españoles a las penalidades de la tierra escabrosa y estéril en donde se hallaba situado México. Cortés expresó sus agradecimientos y dijo que consideraría la propuesta.17
Mientras agasajaba a los enviados mexicanos, el campamento se alborotó con el anuncio de los plenipotenciarios tlaxcaltecas, compuestos por cincuenta hombres principales, encabezados por el propio Axayacatzin Xicoténcatl.18 Los soldados se agolparon para contemplar al temido general, quien aparentaba unos treinta y cinco años, era alto y de hombros anchos, bien formado y robusto, de rostro ancho y tosco, de modales graves y porte imponente, a pesar de presentarse como suplicante. Había empleado todos los medios como noble patriota para salvar a su país de la esclavitud que parecía haber previsto con espíritu profético; y como valiente soldado había luchado por sostener el honor del ejército. Con el orgullo subyugado, había pedido perdón a los señores por