carne y hueso, como el vuestro y el de los demás. Veis cómo os han engañado. Es verdad que poseo algunas alhajas de oro que me legaron mis antepasados; pero todo lo que tengo es vuestro cuando lo
Los ojos de Cortés brillaron de satisfacción mientras expresaba su agradecimiento. Había oído hablar de la riqueza y el poder de Moctezuma, y no se había engañado en sus expectativas, pues no había conocido a un príncipe más magnífico durante todo su viaje. Unas palabras tan finas debían ser recompensadas. A una seña, los asistentes se adelantaron con una rica colección de adornos de oro, plata y plumas, y entre cinco mil y seis mil piezas de tela, de la más fina textura y bordado.30
Al ser preguntado qué relación guardaban aquellos hombres entre sí, Cortés respondió que todos eran hermanos, amigos y compañeros, a excepción de unos pocos sirvientes.31
Moctezuma averiguó después por medio de los intérpretes quiénes eran los oficiales y caballeros, y al repartir favores les envió presentes de más valor por medio del mayordomo, mientras que los demás recibieron obsequios inferiores de manos de sirvientes.32
A su salida del barrio español, los soldados formaron con redoblada presteza para saludar a un príncipe que les había impresionado tanto por sus modales gentiles como por su generosidad, y la artillería disparó una salva atronadora, en parte para demostrar que el rayo enjaulado era una temible realidad.33
A la mañana siguiente, Cortés envió a anunciar que haría una visita de devolución, y varios oficiales fueron a escoltarlo. Ataviado con sus mejores galas, junto con Alvarado, Velázquez de León, Ordaz, Sandoval y cinco soldados, se dirigió a la residencia de Moctezuma, en el llamado palacio nuevo, situado en la esquina sureste de la gran plaza del templo.34