Cortés había obtenido de Guevara una serie de datos acerca de la expedición, entre ellos que la arrogancia y la tacañería de Narváez habían enajenado a una gran parte de sus seguidores, y que un poco de oro obraría un efecto maravilloso.42 En verdad, habían venido por oro, y no tenían ningún deseo de levantar la espada contra sus hermanos si se podía evitar. Esta información no cayó en saco roto para el astuto conquistador.
Poco después de la partida del eclesiástico, Cortés se consultó con el padre Olmedo, ese fraile admirabilísimo cuyo conocimiento del mundo, templado juicio y clara previsión habían salvado a Cortés de sí mismo más de una vez.
Olmedo emprendió entonces la conversión de Narváez y de sus hombres. Cargado de instrucciones y joyas, se dirigió al campamento de estos y se esmeró en persuadir a Narváez hacia medidas pacíficas.
Se entregaron cartas y presentes especiales a Duero, Ayllón y otros, de quienes se suponía eran partidarios, con el fin de obtener su cooperación activa.
Cortés deseaba especialmente que Narváez comprendiera que le era favorable. La desavenencia repercutiría en ambos, particularmente en Narváez; solo la unidad de acción podía promover el propósito común y preservar el país para el rey.
Cortés tenía menos soldados, pero era, no obstante, más fuerte por poseer intérpretes, conocimiento del país y control de sus fuerzas y recursos. ¿Acaso no eran ya los reyes sus servidores?