camaradas adviertan la aproximación del caudillo; pues este acude como capitán de la jauría para presenciar la muerte de estos zorros españoles. Cortés es muy consciente de la importancia que los nativos conceden a la persona del general y a la salvaguarda del estandarte. En ellos se concentra toda la esperanza de sus ejércitos: el éxito les pertenece mientras estos permanezcan en pie; pero una vez abatidos, el indio lo da todo por perdido. Incluso en este momento crucial, Cortés no deja de observar la mayor firmeza y el mayor brío entre los guerreros a medida que el estandarte se acerca. He aquí, pues, esa única oportunidad adicional que es todo lo que el hombre valiente pide. Con un rápido gesto a sus seguidores a caballo, señalando las insignias sagradas y como si quisiera volcar todo el poderío de España en sus breves palabras, Cortés exclama: «¡Señores, rompamos con ellos! ¡En el nombre de Dios y del apóstol san Pedro, señores, acometámoslos!». No había allí un solo hombre que no supiera que el instante siguiente lo decidiría todo, que decidiría la suerte de cada español en la Nueva España.
Arrojándose con la fuerza compacta de una de sus propias balas de cañón contra la masa ondulante, abren al instante un camino hacia el centro encantado.
La ola de desorden golpea a la guardia sagrada, mientras el indócil caballo de Cortés, llevándolo irresistiblemente hacia adelante, vuelca la litera del generalísimo y arroja a los cargadores al suelo. «¡Victoria!», grita Cortés cuando recupera el aliento; y «¡victoria! ¡victoria!» repite su gente, mientras Juan de Salamanca hunde su lanza en el cuerpo del jefe prostrado y, apoderándose del estandarte sagrado, se lo presenta al general como su legítimo trofeo.42
El grito de bienvenida de Cortés electrizó a toda la línea española, mientras que los guerreros, hasta hace poco tan triunfantes, quedaron estupefactos de consternación. Con la desaparición del paladión, su valor había decaído, mientras que los soldados españoles, con la confianza y la fuerza de la alegría, se precipitaron de flanco a flanco sobre ellos.