El edificio contenía varios patios, rodeados de aposentos, esterados y amueblados con mesas bajas y taburetes icpalli. Todo en aquel lugar era pulcro y de una blancura deslumbrante, contrastada por ramas verdes y guirnaldas. Las habitaciones más finas estaban provistas de tapices de algodón y adornadas con figuras de estuco y color, además de penachos y otros ornamentos con broches de oro y plata. Aquí y allá había búcaros con incienso humeante que exhalaban un dulce perfume.
Tan grande era el lugar que hasta los aliados hallaron sitio. Las salas para los soldados, con capacidad para ciento cincuenta hombres cada una, estaban provistas de superiores lechos de esteras, con cojines y colchas de algodón, y hasta de doseletes. Cortés se alegró de ver el edificio protegido por fuertes muros y torrecillas y, tras disponer a los hombres según sus cuerpos, ordenó colocar los cañones y apostar los centinelas, dando asimismo instrucciones para el trato considerado con los nativos y para el trato en general.
Entre tanto, los criados habían servido una comida que Bernal Díaz califica de suntuosa.25
Por la tarde, Moctezuma se presentó de nuevo con un gran séquito. Sentándose junto a Cortés,26 expresó su alegría por conocer a hombres tan valientes, cuya fama y hazañas ya habían despertado su interés durante sus visitas en los dos años precedentes a Potonchán y Chalchiuhcuecan. Si había intentado impedir su entrada a la capital, se debía únicamente a que sus súbditos les temían, con sus animales y sus truenos; pues los rumores los habían descrito como seres voraces, que devoraban en una sola comida lo que bastaba para diez veces el número de nativos, que tenían sed de tesoros y que solo venían a tiranizar. Ahora veía que eran mortales, aunque más valientes y poderosos que su propia raza, que los animales eran grandes ciervos y que el rayo enjaulado era una exageración.