Todos los que pudieron procuraron llegar al gran templo de Quetzalcóatl, que no solo ofrecía la mejor defensa por su altura, sino que se consideraba inexpugnable debido a la protección especial que la divinidad le otorgaba. Dentro de sus muros se encontraba confinado un caudal poderoso, según se decía, que al quitar unas pocas piedras podía ser liberado para arrasar a los invasores.
¡Ahora, si alguna vez lo hubo, en nombre de todos los dioses, que se haga! Con reverencia fueron retiradas, una a una, las piedras del muro sagrado, pero no apareció ninguna crecida, ni siquiera una gota de agua. En su desesperación, los sitiados se apresuraron a arrojar piedras, flechas y dardos28 contra el enemigo mientras este escalaba los flancos de la pirámide.
Pero de poco sirvió esto. Rápidamente fueron expulsados a espada desde la plataforma hasta la torre del adoratorio. Sin querer perder tiempo en un sitio, los españoles les ofrecieron la vida. Se dice que uno solo se rindió. El resto, inspirado por la presencia de los ídolos, escupió desafío. Fue su último esfuerzo, pues al momento siguiente se prendió la antorcha y, envolviendo el edificio, las llamas empujaron a los sitiados, enloquecidos por el terror y la agitación, hacia la línea de picas que los cercaba, o de cabeza por las vertiginosas alturas. Hasta el último instante se pudo ver a un sacerdote en el pináculo más alto, envuelto en humo y resplandor, reprochando a los ídolos por haberlos abandonado y gritando: «¡Ahora, Tlascala, tu corazón tiene su venganza! ¡Bien pronto la tendrá Moctezuma!».29
Durante las dos primeras horas de la matanza perecieron más de tres mil hombres, si hemos de dar crédito a Cortés, y durante tres horas más