Pero ellos poco conocían la fuerza y firmeza de aquel que, habiéndose revestido una vez del gran hombre, no se despojaría de su librea sino con la vida.
Esta actitud marcial, tan del agrado de la fantasía castellana, apenas podía llamarse afectación, pues el genio que asegura el éxito estaba presente, y la firmeza de resolución se hallaba cubierta por una afabilidad tan grata que apenas permitía sospechar su presencia.
Con su
finas cualidades de soldado eran su capacidad financiera y ejecutiva, y un sano sentido común, una combinación rara en un caballero español. Aunque amaba la aventura, no aborrecía del todo las ideas. Su mundo se extendía ahora ante él, dividido en dos clases desiguales: aquellos que utilizan a los otros y aquellos que son utilizados por los otros, y él se decidió para siempre por la primera categoría. Como Diógenes, a pesar de haber sido esclavizado en Creta, Cortés sentía que si había algo que hacía mejor que otra cosa era mandar a los hombres. Unida a este egocentrismo estaba la sensata intuición de que el dominio de los demás comienza por el autodominio. De hecho, su control sobre sí mismo, así como sobre los demás, era de lo más notable. > «¡Por mi conciencia!» era uno de sus juramentos favoritos, lo que no implica una pasión brutal. A veces, una vena henchida en la frente y otra en la garganta indicaban una ira creciente, manifestada también por la peculiaridad de quitarse la capa; pero la voz se mantenía decorosa y las palabras rara vez pasaban de un «¡Mal pese á vos!». Al soldado insolente, a quien a menudo veremos extralimitándose en los límites de la prudencia, se limitaba a decirle: «¡Callad!» o «Idos,