Cortés hizo frente de inmediato a la multitud, ahora enfurecida. ¿Qué querían? ¿Eran sus vidas más preciosas que las del resto? > «¡Qué vergüenza! ¡Sed hombres!», exclamó para concluir. «Deberíais saber ya cuán vanos son los intentos de frustrar mi propósito. Mirad esta magnífica tierra con sus vastos tesoros, y no acotéis vuestra visión a vuestros insignificantes seres. Pensad en vuestra gloriosa recompensa, presente y futura, y confiad en Dios, quien, si así le place, puede conquistar este imperio con un solo brazo. Mas si hubiera aquí alguien todavía tan cobarde como para desear dar la espalda a las glorias y ventajas que así se ofrecen; si hubiera alguien tan vil, tan reacio al cielo, a su rey, a sus camaradas, como para escurrir el bulto de tan honorable deber, en nombre de Dios que se marche. Queda un barco, el cual equiparé a mi costa para dar a ese hombre la infamia inmortal que merece». Esto dijo y mucho más, y con el efecto deseado. El orador sabía muy bien cómo tocar a sus hombres, como a un instrumento, para que respondieran al son que a él le placiera. Vivas desgarraron el aire al concluir, a los cuales la oposición se vio obligada a unirse por pura vergüenza. Al ver lo cual, Cortés insinuó amablemente: «¿No sería bueno destruir la nave restante y hacer así borrón y cuenta nueva?». En el entusiasmo del momento, el acto se consumó con caluroso
—¡A México! fue ahora el grito, y los preparativos para la marcha se hicieron de inmediato. Escalante, cuyo carácter y servicios lo habían hecho querido por Cortés, fue puesto al mando de Villa Rica. Se ordenó a los caciques nativos que lo consideraran como el representante del general y que le proveyeran de todo lo necesario.