guerreros inclinando la cabeza y disparando sus arcos. Su número en esta ocasión se ha estimado en hasta ciento cincuenta mil, y aunque esto es evidentemente exagerado, no cabe duda de que el numeroso ejército tlaxcalteca se vio incrementado por compañías de las provincias vecinas.12
Terminada la marcha, Cortés se dirigió a los aliados, ensalzando sus hazañas que habían cubierto a la república de gloria. Pronto volverían a aumentar su renombre y su riqueza, al tiempo que vengarían afrentas ancestrales. Él se encargaría de que sus servicios fueran reconocidos por el emperador. Una pequeña proporción lo acompañaría en la presente marcha; el resto podría seguir tras la conclusión de los bergantines.13
Con vítores ortodoxos, los guerreros nativos manifestaron su aprobación. Su general habló entonces, exhortándolos a recordar siempre que eran tlaxcaltecas, un nombre de terror para todos los enemigos. Solo a veinte mil de los entusiastas republicanos, incluidos algunos huexotzincas y los tamemes, se les permitió unirse a la expedición, pues no se podía emplear cómodamente a más durante la campaña preliminar. Su general era Chichimecatl.14
Al día siguiente, 28 de diciembre, tras la invocación de la ayuda divina y en medio de los vibrantes acordes de la música, el ejército salió de Tlascala en desfile, con la población bordeando la ruta y vitoreando sus bendiciones de despedida. «¡Que los dioses os concedan la victoria!», gritaban, «y un feliz regreso». «Ahí van los fuertes para humillar a los orgullosos», decían algunos, mientras que de las mujeres muchas sollozaban: «¡Ay! ¡Si nuestros ojos no volviesen a veros jamás!». Había tres rutas que conducían a las provincias lacustres, dos de ellas ya probadas durante marchas anteriores; pero como el enemigo estaba sin duda alerta con emboscadas y otras medidas, se consideró mejor seleccionar la tercera y peor carretera, al norte del nevado Iztaccihuatl, por donde menos se esperaría una aproximación.