coronándolo con flores. Cortés recibió sus demostraciones como si nada hubiera ocurrido para entorpecer sus relaciones, y se instaló con Catalina, cuya mano había aceptado durante su anterior ocupación del lugar. Los jefes compitieron entre sí para borrar su desafortunado error con una atención y una hospitalidad acrecentadas, mientras que muchos de los hombres de Narváez consideraron necesario excusar su tardía rendición alegando que habían sido engañados por sus superiores, quienes les habían asegurado que Cortés era un traidor. Grande fue su disgusto por la mañana al descubrir cuán pocos eran los vencedores y cuán pobremente iban armados. ¿Y dónde estaban los tan cacareados auxiliares nativos? Al mismo tiempo, no podían dejar de admirar a un líder que había logrado tales resultados con semejantes medios. Narváez y sus partidarios declararon que la victoria se debía enteramente a la traición, particularmente notable en la actuación de los artilleros.4 En esto había mucha verdad, pero el tacto consumado y las dotes de militar de Cortés no brillan con menos intensidad por todo ello. ¡Y el coste de esta gloria y ventaja, cuán insignificante fue! Cuatro de sus propios hombres y quince del enemigo, incluido un capitán, además de un cierto número de heridos en ambos bandos; eso fue todo.5
En su informe al rey, Cortés intenta minimizar el suceso afirmando que solo dos hombres murieron, insinuando que hubo bajas en ambos bandos. Había una razón más profunda para esta y otras falsedades que el simple deseo de ocultar el sangriento resultado de un conflicto fratricida. Aún dudaba de cómo se vería su conducta en España y no podía permitirse perjudicar su causa poniendo al descubierto cada desgracia. Sabía que, incluso ante un observador imparcial, él debía de parecer un incumplidor de los deberes que tenía con un superior, y del acuerdo o sociedad que había formado, así como el usurpador de una expedición equipada en nombre y bajo los auspicios, al menos, de Velázquez.