que hacía que sus vecinos huyeran de ellos, hasta que se acostumbraban a la vista. Al enterarse de lo contagiosa que era la enfermedad y aterrorizados por el número de muertes, los habitantes abandonaban los cuerpos para que se pudrieran, contribuyendo así a extender la peste. En algunos casos las autoridades ordenaron derribar las casas sobre los muertos para frenar el contagio. No fue el menor de los males una hambruna, resultante de la falta de cosechadores.15
Entre las primeras víctimas en la capital estuvieron el rey Totoquihuatzin, de Tlacopan, y Cuitlahuatzin, el sucesor de Moctezuma. Este último había gobernado apenas tres meses,16 pero lo suficiente para demostrar ser un líder sumamente capaz de su pueblo en su lucha por la libertad, pues era valiente, lleno de recursos y enérgico, aunque prudente; un hombre que, no contento con asegurar la expulsión de los invasores, había procurado fortalecer su posición mediante alianzas y atrayendo a las provincias súbditas a través de regalos, condonaciones y promesas. Si no tuvo tanto éxito como esperaba, la culpa debe atribuirse a la reputación del gobierno anterior y a la dejación de funciones entre sus oficiales.