no tardó en poner en fuga a sus masas desorganizadas, dejando la persecución principalmente en manos de los aliados. En cierto desfiladero el enemigo se reagrupó, para ser desalojado en pocos momentos y cortado de su campamento. Agotados por la batalla y la huida, bajo un sol abrasador, treparon en desordenada desbandada por la empinada ladera de la montaña, solo para verse frenados en la cumbre por bandas más ágiles de quauhquecholtecas y otros aliados, viéndose obligados a presentar batalla. Para entonces apenas podían levantar las manos para defenderse, y el combate se redujo poco menos que a una carnicería, durante la cual tan solo unos cuantos dispersos lograron escapar, dejando las ricas vestiduras y joyas de los muertos para entretener a los perseguidores, que ahora, según Cortés, superaban los cien mil. Varios españoles resultaron heridos y un caballo murió.40 Una vez cosechado el campo, los vencedores entraron en el campamento,41 el cual estaba dividido en tres partes, cada una lo suficientemente grande, según se dice, como para formar una respetable población, bien provista, con multitudes de sirvientes, provisiones y enseres. Cargados de botín regresaron a la ciudad para recibir una ovación muy merecida. Los ciudadanos fueron recompensados después con varios privilegios por su leal ayuda;42 recompensados merecidamente, pues sin su cooperación el lugar no habría podido ser tomado sin dificultad, ya que se hallaba entre dos ríos43 que corrían por profundos barrancos, y estaba protegido por un lado por una escarpada cadena montañosa. Además de su fortaleza natural, la ciudad estaba protegida por un antemural de mampostería que se extendía hacia la montaña y descendía por los barrancos, formando allí un paramento liso de unos veinte pies, y elevándose en otros puntos hasta convertirse en un muro bien diferenciado de gran altura y anchura,44 provisto de un parapeto. Había cuatro entradas,45 con la anchura justa para un solo jinete, con accesos de escalinata y con solapes laberínticos en los muros que dificultaban forzar la entrada. A lo largo de las murallas se amontonaban piedras y rocas
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CAPÍTULO XXVIII. AMISTAD INVALUABLE. Julio-septiembre de 1520.
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