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nydus/The Quest of the Silver FleecePublic
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IX. La plantación

Mediante sutiles tentaciones le dio a entender que la abundancia aguardaba más allá de las aguas oscuras, y montándose ágilmente en su lomo comenzó a cabalgar con él de arriba abajo por la orilla de la laguna, acariciándolo y susurrándole acerca de las buenas cosas que había más allá. Lentamente, sus ojos se abrieron de par en par; parecía estar saliendo del país de los sueños a lomos de alguna bestia duende.

Más y más hondo penetraron en las oscuras aguas. Ahora entraban en el cieno; ahora tropezaban con raíces ocultas; pero más y más hondo vadearon hasta que al fin, girando la cabeza del animal de un golpe seco y propinándole un fuerte latigazo, se dirigió directamente hacia la isla.

Por un momento la bestia sopló con fuerza y se sumergió; más y más altas subieron las aguas negras y quietas alrededor de la muchacha. Le treparon por las pequeñas extremidades, le rodearon los pechos en remolino y brillaron verde y cenagosamente a lo largo de sus hombros.

Un terror salvaje la apresó. Tal vez estaba montando el caballo del diablo, y aquellas eran las fauces bostezantes del infierno, negras y sombrías bajo el resplandor frío y muerto de la luna. Vio de nuevo los dedos nudosos, negros y en forma de garra de Elspeth que la agarraban y arrastraban hacia abajo.

Un grito forcejeaba en su pecho, sus dedos se relajaron y la gran bestia, estirando su cuello entumecido, se incorporó de un poderoso impulso y plantó las patas en la arena de la isla.

Bles, bajando a toda prisa por la mañana con herramientas nuevas y una nueva determinación, se detuvo y se quedó mirando con asombro en blanco. Zora estaba encaramada en un árbol cantando suavemente y debajo una mula negra y gorda estaba terminando su desayuno.

„Zora…“ jadeó, „cómo… ¿cómo lo hiciste?“

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