Algodón
El grito de los desnudos recorría el mundo. Desde el campesino que se fatiga en Rusia, la dama que holgazanea en Londres, el jefe que se abrasa en África, y el esquimal que se hiela en Alaska; desde largas filas de hombres hambrientos, desde pacientes mujeres de ojos tristes, desde ancianos y niños que gateantes se arrastran, se elevaba el grito: «¡Ropa, ropa!». Allá lejos, la ancha tierra negra que ciñe el Sur, donde la señorita Smith trabajaba y la señorita Taylor se afanaba y Bles y Zora soñaban, la densa tierra negra intuyó el grito y oyó el latido de una vida de respuesta en el vasto y oscuro pecho. Toda esa oscura tierra se agitaba en un potente parto con los capullos reventados del algodón, mientras espíritus negros y tutelares de la tierra revoloteaban por encima, sudando y tarareando al son de sus dolores de parto.
Tras el milagro de las cápsulas reventadas, cuando la tierra brillaba más con la neblina acumulada del Vellón, y cuando el clamor de los desnudos era más fuerte en boca de los hombres, una súbita nube de trabajadores enjamó entre el Algodón y los Desnudos, hilando y tejiendo y cosiendo y acarreando el Vellón y minando y acuñando y trayendo la Plata hasta que el Canto del Servicio llenó el mundo y la poesía de la Labor estuvo en las almas de los obreros.
Sin embargo, siempre y en todo momento había hombres tensos, silenciosos y de rostros pálidos moviéndose en aquel enjambre que no sentían ninguna poesía ni escuchaban canción alguna, y uno de ellos era John Taylor.
Era alto, delgado, frío e incansable, y se movía entre los Vigilantes de este Mundo del Comercio. En las opulentas oficinas de Wall Street de Grey y