El regreso de Zora
«Nunca antes me había dado cuenta de lo que significaba una mentira», dijo Zora.
El papel en las manos de la señora Vanderpool cayó rápidamente a su regazo, y ella miró fijamente a través de la mesa de tocador.
Al contemplar aquello, el extraño espejismo de otros días volvió a obsesionarla. No parecía ver a su doncella, ni el salón blanco y de satén. Veía, con alguna profunda visión interior, un vasto vestíbulo de poderosas columnas; un suelo liso y marmóreo y una gran multitud cuyos ojos silenciosos la miraban con curiosidad. Extrañas bestias esculpidas contemplaban la escena desde un marco de rica y bárbara esplendidez, y ella misma —la Mentirosa— yacía en harapos ante el oro y el marfil de aquel elevado trono en el que se sentaba Zora.
La necia fantasía pasó con el segundo de tiempo que la trajo, y los ojos de la señora ¬ÝVanderpool volvieron a descender hacia su periódico, hacia aquellas líneas‚ÅÝ‚Äî
„El Presidente ha enviado las siguientes nominaciones al Senado… Para embajador en Francia, John Vanderpool, Esq. “
El primer sentimiento de triunfo volvió a latir tenuemente hasta que la voz baja de Zora la sobresaltó. Era tan baja y serena que parecía llegar desde grandes distancias y cansada de viajar.
«Antes creía que una mentira era poca cosa, una conveniencia; pero ahora lo veo. Es un gran No y mata las cosas. ¿Te acuerdas de aquel día en que vino el señor Easterly? »