su hospedaje y, recogiendo su correspondencia, subió lentamente las escaleras, se libró la batalla de su vida.
Él lo sabía y trató de librarla con frialdad y método. Puso los argumentos uno al lado del otro: de este lado yacía el éxito; el cargo más importante que jamás hubiera ocupado un negro en América‚ÅÝ‚Äîmayor que el de Douglass, Bruce o Lynch‚ÅÝ‚Äîun hito, un ejemplo vivo y una inspiración. Un hombre le debía el éxito al mundo; sobraban quienes sabían fracasar, tropezar y dar múltiples excusas. ¿Debía ser él uno de ellos? Examinó el otro lado. ¿Qué debía pagar a cambio del éxito? Sí, afrontarlo con valentía‚ÅÝ‚Äî¿qué? De manera mecánica buscó su correo y desató el último número del Colored American. Estaba seguro de que la respuesta se hallaba allí, en el inglés mordaz y vulgar de Teerswell. Y allí estaba, junto a una caricatura:
A Alwyn le ordenan tragarse sus palabras o largarse
Míralo hacerlo con elegancia
Los líderes republicanos, etc.
Arrojó el periódico, y la sangre caliente le zumbó en los oídos. Lo nauseabundo era pensar que era verdad. Si llegaba a pronunciar el discurso que le exigían, sería como un perro obediente a la voz de su amo.
El sudor frío brotaba en su rostro; abriendo la ventana de par en par, se abrevió de la brisa primaveral