un momento, en silencio. Luego se levantó. „Me voy“, dijo. „Adiós.“
En menos de una semana el almacén estaba lleno, y los inquilinos trabajaban a destajo. Las veinte acres de terreno pantanoso despejado, cuidadas gracias al esfuerzo voluntario de todos los inquilinos, pronto dieron una cosecha magnífica. El coronel Cresswell inspeccionaba todas las cosechas a diario con un aire de propietario que habría sido natural si aquella gente hubiera sido simplemente inquilina, y como tal se empeñaba en considerarla.
El algodón que ahora crecía tal vez no fuera tan uniformemente fino como el primer acre de Silver Fleece, pero era de una altura y un espesor inusuales.
„Al menos unaarda por acre“, calculó Alwyn, y el coronel determinó mentalmente quedarse con dos tercios de la cosecha. Después de eso, decidió que echaría a Zora inmediatamente; puesto que ya había suficiente tierra despejada para sus propósitos y, además, había visto con consternación a un hato de ganado paciendo en un campo los primeros brotes verdes, y había oído a una piara de cerdos en el pantano. Un ejemplo así ante los arrendatarios del Black Belt sería fatal. Tenía que esperar unas semanas a que pizcaran el algodón… luego, el final. Estaba librando la batalla de su color y su casta.
Los niños cantaban alegremente en el campo pardo y blanco. Los amplios cestos, en equilibrio en lo alto, espumaban