La visión de Zora
Cómo Zora encontró la pequeña iglesia que nunca conoció; pero de algún modo, en aquellas largas y oscuras deambulaciones que le había dado por hacer al caer la noche, se encontró una tarde ante ella. Parecía cálida, y ella tenía frío. Estaba llena de su gente, y ella se sentía muy, muy sola. Se sentía en un banco del fondo, y miraba con ojos ciegos. Se dijo de nuevo, como se lo había dicho a sí misma cien veces, que todo estaba bien y era exactamente lo que se había esperado. ¿Qué otra cosa podría haber soñado? Que él llegara a casarse con ella era algo fuera de toda posibilidad; eso había quedado zanjado hacía mucho tiempo‚Äîallí donde los altos y oscuros pinos, desvaídos por las sombras del anochecer, proyectaban sus inquietantes sombras sobre el Toisón de Plata y medio ocultaban el poniente lavado de sangre. Después de eso él se casaría con otra, por supuesto; alguna mujer buena y pura que lo ayudara, lo enalteciera y le sirviera.
Había soñado que ayudaría‚ÅÝ‚Äîdesconocida, anónima‚ÅÝ‚Äîy tal vez había ayudado un poco a través de la señora ¬ÝVanderpool. Todo estaba bien, pero ¿por qué de pronto se habían soltado los hilos de la vida? ¿Por qué iba a la deriva en aguas inmensas; en páramos marinos inexplorados? ¿Por qué el enigma de la vida se volvía de repente tan intrincado si apenas una corta semana atrás lo estaba leyendo, y su belleza, su sabiduría y su poder estremecían sus manos encantadas? ¿Sería posible que, sin saberlo, hubiera osado soñar un sueño prohibido? No, siempre lo había rechazado. Cuando nadie más tenía el derecho; cuando nadie pensaba; cuando a nadie le importaba, ella había rondado su alma como un oscuro ángel de la guarda; pero ahora, ahora alguien más estaba recibiendo su