Amor
La lluvia caía a borbotones en grandes y espesas sábanas sinuosas. El viento chillaba en los milenarios robles de Cresswell y giraba en remolinos sobre el pantano en ráfagas fuertes y salvajes. Las aguas rugían y gorgoteaban en los arroyos y a lo largo del camino.
Luego, cuando el viento amainó en un murmullo, las nubes se volvieron cada vez más negras y la lluvia en largas y esbeltas columnas cayó directamente del Cielo a la tierra, cavando en ella y arrojando de vuelta el barro rojo en destellos furiosos.
Así que llovió durante una larga semana, y así, durante siete días interminables, Bles lo contempló con el corazón apesadumbrado. Sabía que el Vellocino de Plata —el suyo y el de Zora— tenía que estar arruinado. Era el primer gran dolor de su vida; no era tanto la pérdida del algodón en sí, sino la fantasía, las esperanzas, los sueños construidos en torno a él. Si fracasaba, ¿no fracasarían ellos? ¿Acaso esta lluvia que golpeaba con furia, esta llovizna sorda y desanimada, esta guerra salvaje del aire y la tierra, no era sino el anticipo y la profecía de la ruina y el desaliento, de la absoluta inutilidad del esfuerzo? Pero si su propia desesperación era grande, su dolor por la situación de Zora la hacía casi insoportable. No la vio en estos siete días. ¡La imaginaba acurrucada allí, en el pantano, en la triste cabaña llena de goteras y peor que sin compañía! ¡Ah!, el pantano, ¡el cruel pantano! Era un lugar terrible bajo la lluvia. Su lodo cenagoso y sus vapores fétidos, sus cortinajes pegajosos y viscosos —cómo se enredaban en los huesos de sus víctimas y les helaban el corazón—. Sin embargo, aquí su Zora —su pobre y desilusionada niña— estaba prisionera.