los «negros» solo un poco menos que a los blancos aristócratas del tipo de Cresswell. Le había vendido a la escuela sus primeras tierras para fastidiar a los Cresswell; pero no vendería más, estaba segura, ni siquiera ahora que la promesa de riqueza se le presentaba a la escuela.
Se recostó, cerró los ojos y se quedó dormida plácidamente.
Mientras dormía, una anciana subía con esfuerzo la colina hacia el norte, desde la escuela, saliendo del saliente oriental del señorío de Cresswell. Era gorda y de piel oscura, con capucha y delantal, de cabeza muy redonda y pecho colosal. Su rostro era apagado, pesado y basto, y sus viejos ojos, apesadumbrados. Avanzaba con rapidez, llevando una cesta en el brazo.
Frente a ella, hacia el sur, pero demasiado lejos para ser visto, un anciano salió de la propiedad baja de Cresswell, bordeando el pantano. Era alto, moreno y desgarbado, medio calvo con mechones de pelo, y en sus ojos se advertía una mirada amedrentada y huidiza. Tenía una pierna lisiada y rengueaba con dolor.
Subiendo por el camino hacia el este que pasaba por la escuela, con el sol de la mañana a sus espaldas, caminaba a grandes zancadas un joven, cetrino, de cabello crespo, rostro fuerte y ceño oscuramente fruncido. Saludó a Bles y al maestro con frialdad, y siguió adelante