«Le prometo crédito por cualquier cantidad razonable —dijo el señor Taylor—, confío en el algodón; el precio actual es anormal». Y el señor Taylor sabía de lo que hablaba, pues cuando envió un telegrama cifrado al Norte, el algodón bajó a ocho y medio. La Liga de Agricultores arrendó tres almacenes en Savannah, Montgomery y Nueva Orleans.
Luego, en silencio, el Sur se encogió y se preparó para la batalla. Los hombres dejaron de gastar, los negocios decayeron y millones de ojos se clavaron en las pizarras de la bolsa de algodón. Cada vez se apretaron más las riendas sobre las espaldas de los arrendatarios negros.
«Miss Smith, ¿tiene usted tan solo una gotita de café que me preste? El señor ¬ÝCresswell no me quiere dar nada en la tienda y me muero de ganas de tomar un poco», dijo la tía Rachel desde el otro lado de la colina. «No vamos a salir libres este año, Miss Smith, este año tampoco», concluyó con aire doliente.
El algodón cayó a siete centavos y medio y la protesta murmurada se convirtió en una denuncia airada. ¿Por qué era? ¿Quién lo estaba haciendo?
Harry Cresswell fue a Montgomery. Estaba poniéndose nervioso. El asunto era demasiado vasto. No alcanzaba a comprenderlo. Le hacía dar vueltas la cabeza.
Harry Cresswell no era un mal hombre‚ÅÝ‚Äî¿hay acaso hombres malos? Era un hombre que, desde el día en que por primera vez engatusó a su mammy negra para someterla, hasta su año treinta y seis, rara vez había sabido lo que era negarse algo voluntariamente o reprimir un deseo.
Levantarse cuando le placía, comer lo que se le antojaba y hacer lo que el capricho del momento le sugería había sido durante mucho tiempo el programa de su día. Tal vacuidad de vida y de propósito tenía que llenarse, y se llenaba; ayudaba a su padre a veces con las plantaciones, pero ayudaba de forma espasmódica y jugaba a trabajar.