¬ÝVanderpool llegar desde Nueva Orleans; pero la señora ¬ÝVanderpool la vio, y miró con curiosidad la alta y trágica figura que se inclinaba con tanta aflicción junto al vagón de carga. Los fardos fueron cargados en el vagón de encomiendas; el tren se alejó, y su ronco soplido despertó vagos ecos en el bosque más allá. Pero para la muchacha que estaba en el Fin, mirando hacia la oscuridad, esos ecos rugieron como el juicio final. Una cuadrilla de jornaleros contratados que pasaba la llamó con burla, y un gigante negro, riendo a carcajadas, le apretó la mano.
—¡Ven, cariño —gritó—, estás soñando! ¡Vamos, cariño!
Se volvió con brusquedad y le apretó la mano, como quien se ahoga se aferra a cualquier cosa que le ofrezcan‚ÅÝ‚Äîle apretó hasta hacerlo gimotear.
Soltó una risa fuerte y sin alegría, que brotó como un sollozo desde lo hondo de sus pulmones.
—¡Vamos! —se burló ella, y se unió a ellos.
Eran una caterva heterogénea,harapienta, fanfarrona, alegre. Había muchachos membrudos y de grandes extremidades, y muchachas descaradas y de lengua afilada.
Mañana partirían hacia el interior, a algún feudo apartado en el reino del algodón, y trabajarían hasta la época de Navidad.
Hoy era el último día en la ciudad; llevaban dinero astutamente adelantado en los bolsillos y algarabía en el corazón. En el crepúsculo que se densificaba, marchaban ruidosamente por las calles; en medio de ellos, con los ojos muy abiertos y riendo casi histéricamente, marchaba Zora.