un silencio en la sala. Su voz era baja, y los hombres se inclinaron hacia delante para escuchar. El juez se sintió impelido a mostrarse excesivamente brusco.
„Consigue un abogado“, ordenó.
„Señor juez, mi caso es sencillo y, con la venia de su señoría, deseo llevarlo yo mismo. No puedo permitirme un abogado y no creo que lo necesite”.
El abogado de Cresswell sonrió y se reclinó. Iba a ser más fácil de lo que había supuesto. Evidentemente, la mujer creía que no tenía caso y se estaba debilitando.
El juicio continuó y Zora expuso sus argumentos. Contó cuánto tiempo su madre y su abuela habían servido a los Cresswell y mostró su recibo del alquiler pagado.
„Un amigo me envió algo de dinero. Fui a ver al señor ¬ÝCresswell y le pedí que me vendiera doscientos acres de tierra. Él accedió a hacerlo y firmó este contrato en presencia de su yerno.“
Justo en ese momento John Taylor entró en la sala, y Cresswell le hizo una seña.
„Quiero que me ayudes, John.“
„De acuerdo —susurró Taylor—. ¿Qué puedo hacer?ˮ
„Jura que Cresswell no tenía la intención de firmar esto“, dijo el abogado rápidamente, mientras se levantaba para dirigirse al tribunal.
Taylor miró el papel con apatía y luego a Cresswell, y cierta noción de la diferencia irreconciliable entre ambas naturalezas saltó en el corazón de ambos. Cresswell